“La fotografía médica de un tumor” de Francisco Enríquez Muñoz

Ceci n’est pas une pipe. «Esto no es una pipa». Adaptemos esta frase tantas veces manoseada (lengüeteada al límite del cliché) con que René Magritte estableció la frontera entre objeto palpable y representación artística. Esto no es un pene erecto; esto no es una vagina lubricada; esto no es una pipa: es un lienzo cubierto con óleo. Esto no es un hombre desnudo taladrando a una mujer desnuda: es un papel cubierto con luz.Son nuestras percepciones quienes gobiernan y dirigen nuestros juicios y razonamientos. En cualquier caso la pornografía requiere de la animalidad para tener un significado. ¿Por qué dos de las principales características del ser humano son su insatisfacción dolorosa y su constante crítica de sí mismo? Porque sólo así puede vencer a la animalidad.Dicen que cuando te orgasmas, brillas desde adentro de tu cuerpo y dura varios días el resplandor que te delata. Que incluso si vistiéndote tratas de ocultar la intensa luz de tu sexo, el brillo es muy evidente en tus ojos. Sí, la pornografía tiene mil rostros diferentes, pero quien mejor lo porta es un orgasmo. El orgasmo no es sólo el objeto de nuestro deseo sexual, sino también la causa de nuestra animalidad.El alma se libera de manera definitiva con la muerte, algo parecido al coito; más bien, a esa sensación de irse a otro lado por un instante, luego de no expulsar, sino de compartir el semen. En los momentos orgásmicos uno puede ir al mundo de los espíritus, al mundo de los muertos, y regresar vivo. Por eso el orgasmo es la única aventura ilógica, la única cosa que estamos tentados a considerar sobrenatural en nuestro vulgar y razonable mundo. En otras palabras, el orgasmo no es cotidiano, es un mar de placer que apenas cubre unos cuantos segundos en los que se vive la muerte. Pero aún ahí el coito muestra su carencia y su incapacidad de plenitud: la cima del placer sexual es tan intensa como defraudadora. «Post coitum omne animal triste», escribió Lucrecio. Después del orgasmo, el ser humano se ve devuelto a sí mismo, a su soledad, a su banalidad, al gran vacío del deseo desvanecido que al rehacerse volverá a buscar en un círculo vicioso. La pornografía es el acceso a un reino extasiado en la eternidad de un instante efímero. La censura se parece mucho a la contaminación: toma cosas inofensivas y las transforma en algo perjudicial. Y «pornografía» es una de esas palabras que sólo la censura pudo inventar. Esto nos coloca ante una curiosa paradoja: la pornografía se alimenta, en diferentes grados, de subversión, de rechazo a una serie de reglas que coartan y condicionan el goce; no obstante, para existir, la pornografía necesita de esa misma regla. Ello en virtud de que sin una ley que quebrantar, no existiría lo prohibido, no habría subversión. Dicho en otras palabras, las desviaciones sólo son tales en relación con una línea recta. De cualquier manera, hoy resulta más marginal y rebelde la pareja a la antigüita, profunda y amorosa, que todas las desviaciones de la porno.

La fotografía médica
de un tumor

A Rose DeWitt Bukater

En contra de las películas triple equis se argumenta que:
· Acarrean la insatisfacción y el deseo por experiencias nuevas, como la homosexualidad.
· Promueven el coito sin matrimonio.
· Pueden convertirse en adicción.
· Son denigrantes para la mujer.
· Son el principal factor de la violencia sexual contra la mujer.
· Son hechas sólo para fines comerciales.
· Son ofensivas para las buenas costumbres.
· Transgreden valores éticos.
La crítica negativa a las películas triple equis proviene, sobre todo, de dos direcciones:
· Conservadores y líderes religiosos, que tildan al placer sexual, a la homosexualidad y a la bisexualidad de inmorales, y consideran que el coito está reservado para parejas casadas heterosexuales, o sea, para la procreación.
· Grupos feministas, que sostienen que las películas triple equis degradan la imagen de la mujer al utilizarla como objeto sexual para el placer de los hombres (partiendo, claro, de la suposición de que los principales consumidores de cine triple equis son sólo hombres).
Si algo caracteriza al cine triple equis es que sus historias no cuentan con una verdadera trama porque los actores no representan personajes, sino que son reducidos a órganos sexuales susceptibles de penetrar y ser penetrados. Por ello, como productos culturales masivos, las películas triple equis pueden resultar atractivas a un público poco exigente en cuanto a ejercicios intelectuales. Ellas explotan la fantasía en tres vertientes: la del máximo placer sexual, la del placer de la transgresión socioeconómica y la del placer de la confirmación de los valores propios. En conjunto dan cuerpo a un ideal de perfección. Es la misma idea de Dios: lo absoluto es lo perfecto, su contemplación es la experiencia extática de gozo que tiene como recompensa la gloria eterna. Un estado-espacio sin tiempo en el que sólo hay placer, no hay diferencias de clase ni necesidades económicas y en el que ya no hay juicio moral.
Fantasear el placer de otros como propio es también un pequeño placer. La fantasía del placer sexual absoluto implica la perfección de la pareja sexual, no sólo la de su cuerpo sino la de su absoluta disponibilidad y actitud proactiva. Es perfecta no tanto por su cuerpo como porque usa al otro (o a la otra) como copartícipe de su propio éxtasis. La representación de su perfección está dada por la exageración: tono y masa muscular, ausencia de grasa abdominal, facciones finas, talla de busto muy grande, genitales masculinos enormes. Y lo más importante: entrega pasional total. El aficionado a las películas triple equis busca fantasear el placer de otros como propio, pero también igualdad de oportunidades, un trato no discriminatorio, un trabajo bien remunerado, una pareja con la que pueda llevar a cabo experiencias placenteras. En suma, bien puedes ser tú, que palias tus frustraciones fantaseando y sin hacerle daño a nadie.
Todas las películas triple equis son aburridas, repetitivas, insípidas, triviales y predecibles, pero ¿no son así las vidas de todos los seres humanos? Y ¿acaso no es cualquier película de cualquier género aburrida, repetitiva, insípida, trivial y predecible? Sí, es cierto: las películas triple equis han sido siempre acusadas de ser muy aburridas y a la vez muy peligrosas.
Carlos Monsiváis escribió que «la pornografía puede ser la fotografía médica de un tumor, de una operación o aquéllas de asesinatos que publican en los periódicos amarillistas». El analfabetismo, el racismo, el capitalismo, la guerra… Eso sí es pornografía; lo demás es lo de menos. Y aquí hay un dato curioso: el contacto entre los labios bucales o/y la lengua de una persona y los genitales de otra, estaba, sigue estando y seguirá estando, catalogado como pornografía. No así el contacto entre dos bocas y dos lenguas o algunas otras partes del cuerpo. La verdad es que todos somos pornográficos desde el momento en que nuestro cuerpo, desprovisto de ropa o no, despierta el apetito sexual de otro cuerpo. Lo que llama la atención es la separación del cuerpo en partes pornográficas. De esta manera, mostrar o exhibir “partes porno” significa lo mismo que mostrar lo pecaminoso, lo horrendo, lo vergonzoso, lo repugnante de nuestro cuerpo y es por eso que se establece la censura de esas partes consideradas degradantes en sí. Y tan objeto es el cuerpo femenino de cualquier película «normal» como en el cine porno.
El cine porno es, más que un género narrativo, un género descriptivo, en el que los aderezos narrativos son secundarios o irrelevantes. Y es un género descriptivo porque la triple equis (XXX) es, ante todo y sobre todo, el símbolo de un documental sobre la lujuria y sobre los genitales en lujuriosa acción, como de forma natural se desempeñan (erección, felación, cunnilingus, coito vaginal, coito anal, orgasmo). Las películas triple equis funcionan como un memorándum perverso de que los humanos somos una especie entre especies, animales bípedos cuyo instinto básico es el de conservación y cuyo máximo anhelo es orgasmarse. Las películas triple equis nos presentan tal y como somos, cuerpos desnudos del todo abiertos y expuestos a la mirada ajena en todos los pliegues, en todos los orificios y en todas las protuberancias, siempre dispuestos a la actividad sexual y a la consumación de ésta. Lo que en realidad molesta de una película triple equis es su carácter transgresor: ¿Que la moral y la religión establecen la mesura, la monogamia, la fidelidad como valores? Entonces viva la orgía, la fiesta, la histeria báquica: ahí reside la incómoda transgresión de una película triple equis, una inversión de los valores establecidos. Pero, obvio, hay dos cosas que no deben permitirse en una película triple equis: el abuso infantil y toda expresión que violente la voluntad del otro. De ahí en fuera toda representación cinematográfica sexualmente explícita que cuente con actores adultos y el previo consentimiento de éstos deberá ser respetada y nunca prohibida.

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