“ARS VERBA NEGRUM” de Alexis Blanco. Prólogo del poemario NEGRO de Ángel Der Todd

Caminantes, ánimas, poetas malditos…Desde el sórdido escenario de una ciudad sorda y aferrada a su propia decoloración, cual karma eterno y lánguido, henos aquí albergando estos aullidos de un joven aprendiz de licántropo. Las invocaciones poéticas de Ángel der Todd navegan metáforas desesperadas, subterráneas aunque flotantes en el abismo de la poesía desgarrada, íngrima y desnuda sobre las grietas de la palabra que, oh paradoja, elude cualquier tipo de tentación nihilista para treparse en los bordes del pálpito de la lectura.
Antes hemos advertido al poeta, intenso:
Hola, mi bienamado “Blackbird”…El dolor es parte del oficio de vivir. Encuentra el Manifiesto del Teatro de la Crueldad, de Antonin Artaud y volarás en tus naves oscuras. Rimbaud dejó la poesía muy temprano, pues no pudo con ese dolor. César Vallejo hizo del dolor su himno. José Antonio Ramos Sucre escondió su dolor entre una prosa exquisita. Miyó Vestrini era un dolor transido, al igual que el de Alejandra Pizarnik y Virginia Wolf. Yo mismo, aquí entre nos, escribo y diserto para curarme de un dolor ya muy viejo, un clásico de mí mismo. En resumen, aclaro que estos son los comentarios que me asaltan la negrura de mi propia locura. Esencialmente florezco, rosas negras, en el mismo texto que hice antes, con variaciones y fumazones, desde el libre albedrío que me insta a interpretar lo que recién me envía, poeta de la magra silueta desmelenada…”
El mismo poeta se autoescribe, se reescribe al solicitar una mirada con lápiz rojo y lupa de cazador de negruras. Solicita que le asista en su “largo viaje del día hacia la noche”. Desde el teatro nos llegó, con su nombre de ángel, con su voz de tal y pascual, negrito jugando a ser Milagro, su álter ego: “…Maestro Alexis, nunca he dudado en que sea usted quién escriba un prólogo para mi primer poemario, porque fue en el Club Dramático donde descubrí que realmente quería compartir lo que llevaba dentro y fue también allí dónde por primera vez comprendí que las cruces y el dolor también se pueden lucir. No sabría cómo explicarle que tengo un vacío dentro que no es de esta vida. Nací triste y llevo un luto ancestral, algo me duele y no encuentro de dónde viene el dolor. Mi papá me decía que hay personas que nacen para estar tristes y ya está. Yo me considero una de ellas y mi manera de vivir es a través del luto, de la sombra, del drama de la tragedia, en intermitencias de la parca, cómo me dijo alguna vez usted…”.
De la muerte nos concita un rosario de alegrías y tristezas. No sólo esa flaca desgarbada que se enamora de un artista, tal como ocurre en la novela de José Saramago, Las intermitencias de la muerte. De ella aprendemos cada día más. Y por eso el empeño de reencontrarnos en los Libros de los Vedas sobre las iluminaciones desde el más allá. Por ella y con ella bailamos con los Revueltas en México, cada dos de noviembre. Insistimos en escuchar testimonios sobre un tema sin mayores testimonios. Negro, de Ángel Der Todd, podría estimular ese nuevo viaje.
“Negro -prosigue el poeta- representa mi primer desdoblamiento, mi contacto con las catacumbas de mis entrañas. Han sido cuatro años dislocándome el pensamiento y escarbando en las cicatrices para descubrir que todavía tenía pus”. Duele su dolor…
“Maestro yo no soy un intelectual, yo no uso trajes de etiqueta y en los círculos literarios piensan que soy un rebelde drogadicto que lee muy bien pero da mala imagen. He tenido que abrirme un camino casi no transitado en este lado del mundo llamado Maracaibo. Quizá Ismael Urdaneta y Adelfa Geovanni lo pisaron un poco, pero no tanto para dejar una escuela. No sé si esto sonará pretencioso, pero decidí transitar el camino que empezaron los poetas malditos,  porque allí me ví a mi mismo. Con mucha humildad y pena le entrego mi primer poemario. Me disculpo si no está al nivel de lo que usted acostumbra a leer, pero como dice el epígrafe que abre el poemario:
No querer traer sin caos”.

Ilumina el poeta sus palabras para que las sombras transpiren y representen sus metáforas paganas. Enseñorease su ars poetique sobre la moira Átropos y le roba sus tijeras para cortar los hilos a todas las marionetas que hechizan a los adoradores del árbol de la vida. Transmutase nuestro héroe trágico -con nombre de ángel, Ángel, genio y estatua viva de la calle -, en un hechicero de la fusión de todo color posible. Funde sus alas y se va a negro, en la película que casi nadie aprende a imaginar sino hasta ese momento en el que ya nada sirve colorear al mundo. Héme aquí, en mitad del escenario de la locura (distante ya de Hesse y su “Teatro mágico, sólo para locos, no para cualquiera”), tatuando en la piel del hombre-hambre este prólogo oscuro como el blues y el candombe, cabalgando en slalom por la cola de la noche, trazando rutas alternas desde la nocturnidad del corazón impregnado de los tropos de Ángel der Todd, mi cómplice perfecto, mi concitador de hechicerías callejeras, el poeta erguido en el zenit de cada mediodía, en la plaza de la Basílica, vestido de negro insomne, reverberando metáforas por los poros: el chico exuda poesía, poesía, poesía. Tres veces es infinita poesía, poiesis preferían decir los griegos.

Negro elude cualquier resonancia étnica, aunque el poeta asume con intensidad telúrica sus latidos cardíacos en ritmo de chimbánguele.
Negro también toma distancia de emblemas del término, verbo y gracia, de Los heraldos Vallejianos. Tampoco hay alusiones directas al poema de García Lorca ni sucumbe ante la tentación monótona que suele embriagar a los aprendices de emoes. Negro, en la acepción Der Todd, es un espejo que indaga en la sonoridad de alguien que siente crujir sus 24 ciclos recurrentes. Negro es una versión corta de sí mismo: un ángel de la ciudad que aprendió a transmutar su roja sangre en negro elíxir. Un pedazo de marioneta que los vientos tempranos arrastran de aquí para allá, dejando en cada rincón sus trémulos desgarros.
Desde el fondo del wok en que suele cuecer sus ansias, Ángel Der Todd espera que todos podamos acceder a sus ritos atávicos. Empuñando una espada de espesa tinta él quisiera legar un menú de grafittis para las paredes de tu alma y, de a poco, tantas veces,  que la filosa hoja va saeteando la perplejidad de quienes han olvidado que solemos vivir en negro. Por eso le acompañamos ahora en sus precoces cantos en Negro. Él ha de enseñarnos al estoico regodeo de la daga devastando incredulidades en esta tierra cárdena donde, por evasión, distanciamos el formidable ritmo de las imágenes que danzan en Negro. El joven chamán clama: “Sube alto a las montañas de luz oscura / Que sumergen la venganza de la creación”. Por eso le seguimos, yéndonos a Negro.

Alexis Blanco

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