Armando José Sequera (I): “el escritor debe escribir, no andar mostrándose como una aspirante a Miss Universo”.

Aaron Sosa
Aaron Sosa

Sultana del Lago Editores se contenta en anunciar que próximamente estaremos lanzando al ruedo editorial, tres reediciones, de la extensa familia bibliografía del escritor venezolano Armando José Sequera. El primero de estos libros que volverá a estar disponible en las librerías del país, en las plataformas de Amazon Kindle y Google Play Books. Reeditaremos la novela “LA COMEDIA URBANA”, el libro de crónicas “Funeral para una mosca” y la novela juvenil “El derecho a la ternura”.

La primera reedición será la versión definitiva de la galardonada novela “LA COMEDIA URBANA”, que se presentará en tres volúmenes, a  saber “Civilizada Barbarie”, “Metástasis de la Locura” y “Escombros y Reliquias”, que configuraran una trilogía narrativa que radiografía narrativamente todo que sucede en una gran ciudad, durante un minuto de su convulsa existencia.

Armando José Sequera es el escritor con el oficio más saludable y estricto de nuestro país. Vive en la hermosa ciudad de Valencia, a condición de que el paisaje lo deje escribir; y desde allí acumula uno de los records bibliográficos más extensos de nuestra historia literaria. Conocerlo en una entrevista es casi imposible, aunque hay quien lo haya intentado; en Sultana del Lago, hemos propuesto nuestro cuestionario de autor, para explorar en su pensamiento; pero como Armando es un escritor prolijo, nos regaló la dicha de poder presentar este cuestionario por entregas. Así que esperamos que disfruten las primeras cinco respuestas, que nos abren los ojos a un mundo maravilloso de anécdotas y amor por la literatura.


¿Cuál es tu nombre completo? ¿Te gusta tu nombre? ¿Por qué?

Mi nombre completo es el que figura en las portadas de mis libros. No tengo segundo apellido legal porque mis padres no se casaron y tuve como progenitora a una madre soltera. Ella hizo algo que me llena de admiración y orgullo: quiso tenerme y que fuera el hombre que se convirtió en mi padre quien la fecundase. Fui, por tanto, el producto de un amor irrebatible y considero que eso está por encima de cualquier contrato social o conveniencia.

Me dieron mi nombre por Armando Reverón, a quien admiraban mucho en casa y era un viejo conocido de mi abuela materna. Por otra parte y como en un cuento de Rulfo, todos los varones de mi familia portaban el José como primero o segundo nombre. De haber tenido la imaginación del autor de El llano en llamas y Pedro Páramo, mis parientes y yo habríamos constituido también un grupo familiar denominado “Los Joseses”.

Años después de haber publicado mis primeros libros, advertí que debí firmarlos solamente con mi primer nombre y mi apellido. Ello en razón de la musicalidad que ofrecen las seis sílabas, en lugar del tropezón que ocasionan las dos del “José”. Pero ya el daño estaba hecho y he seguido cargando con mi nombre completo como si fuera un estigma o una tara denominativa. Ojo, no detesto el José, me refiero a la musicalidad del conjunto.

En cuanto a gustarme, no estoy seguro. Es posible que de tanto oírlo haya terminado gustándome o me haya acostumbrado o resignado a él. Habría sido estupendo llamarme Dante Alighieri u Honoré de Balzac, pero la modestia me impide exteriorizar tal deseo.

¿Cómo te describirías literariamente hablando?

Soy un aprendiz permanente de la literatura. Arribé, este año 2019, a 55 años de ejercicio literario, pues comencé a colocar una palabra tras otras a los once.

Afirmo ser un aprendiz porque cada vez que he creído sabérmelas todas, no demora la vida en ponerme una zancadilla y mostrarme que ahora es que falta para saber al menos lo suficiente.

De acuerdo a mi punto de vista como lector –que, obviamente, lo tengo–, estoy seguro de no ser un pésimo escritor y ni siquiera uno malo. Sé que lo hago mejor que muchos, no solo dentro del país sino a nivel internacional, y pongo como prueba el casi centenar de publicaciones que llevan mi nombre en la portada, tanto en Venezuela como en otros países de al menos tres continentes; la incorporación de textos míos, en español o traducidos, a más de ciento cincuenta antologías; los veintiún premios literarios nacionales e internacionales y veinticuatro menciones de honor, así como más de una docena de reconocimientos que he obtenido; la aprobación de numerosos editores, lectores de editoriales, jurados de concursos y lectores comunes por cuyas manos han pasado mis obras. Si bien la recepción no ha sido unánime, estoy consciente de que tampoco lo es la de ningún otro escritor en el mundo.

Hay quienes consideran que porque escribo para niños y jóvenes, mis obras carecen de calidad literaria. De hecho, en el bautizo del libro de un amigo, una crítico literaria comentó –yo la escuché, pese a que lo dijo cuando me vio alejarme–, lo siguiente:

–Pobrecito, a él se le secó el cerebro y por eso solo escribe para niños.

En un foro realizado en Caracas, en el Centro de Estudios Latinoamericanos “Rómulo Gallegos”, reté a dos críticos que insistieron en la pésima calidad de mis escritos a que los leyeran y les aplicaran el instrumento crítico que quisieran. Y que si los resultados establecían que mis textos ni siquiera tenían utilidad en los inodoros, yo abandonaría la escritura. Años después me topé con uno de ellos –el otro vive desde hace más de un cuarto de siglo en el exterior–, y me pidió disculpas. Dijo haberme leído y haber descubierto el valor de mis libros. Prometió hacer y publicar un libro al respecto. Hasta ahora, que yo sepa, no lo ha elaborado.

No vivo de la opinión ajena, pero sé que el juicio en torno a mis libros no depende de mí, deben hacerlo los lectores actuales y futuros, tanto los comunes como los especialistas.

Otra anécdota: a mediados de los años Ochenta, en una reunión literaria en la Universidad Central de Venezuela, se dijo que te graduabas de escritor en nuestro país si alguna vez ganabas la Bienal Mariano Picón Salas, de Mérida. La mayoría de los asistentes coincidió en ello. Como en un tiempo practiqué béisbol y atletismo, asumí el asunto como un reto deportivo, más que literario. Y la gané en narrativa, en 1998, con mi novela La comedia urbana. Pero no conforme con ello, también la gané en crónica, en 2002, con mi libro Funeral para una mosca. Una de las dos personas según las cuales obtener dicha bienal era una prueba fehaciente de ser un buen escritor se desdijo y alegó tras mis triunfos. Cito:

–Ahora la gana cualquiera.

Según su primer decir, debería creerme la octava maravilla del mundo, pero un premio, por muy importante que sea –incluso el Nobel–, no determina la calidad de un artista. Soy el único escritor venezolano que ganó dos veces dicha bienal, pero como lo hice en tiempos en que la ganaba cualquiera, mala suerte para mí.

Por otra parte, percibo que si bien he avanzado en el campo de la escritura, no lo he hecho en el de la promoción de mi obra. En el mundo actual, ambos espacios son complementarios.

Trabajo mucho, nunca he parado de elaborar libros, se editen o no, pero siempre dejo de lado la labor de promoción. Honestamente, creo que son dos territorios distintos. Sé cómo manejarme en ambos, pero así como me gusta ocupar mi tiempo en escribir, detesto dedicar horas a impulsar mis libros en los medios de comunicación y las redes sociales. Estoy convencido de que esto último es una tarea profesional que debe estar a cargo de especialistas, de personas cuyo tiempo laboral esté dedicado a ello.

Según pienso, el escritor debe escribir, no andar mostrándose como una aspirante a Miss Universo.

Tanto en Europa como en Estados Unidos y Japón, tales roles están muy bien definidos. En América, Asia y no digamos África, los autores nos vemos obligados a hacer de todo: escribimos los libros, los revisamos y corregimos, los autoeditamos, les hacemos promoción y, en algunos casos, hasta salimos personalmente a distribuirlos y venderlos. Eso no debe ser.

El tiempo de vida útil del escritor ya está limitado por la cantidad de horas que debe dedicar a trabajos de subsistencia, más las que consagra a vivir (ojo, escribí vivir, no beber), a leer, descansar y otras múltiples acciones y actividades. Por lo tanto, es mi parecer, debe dedicarlos a escribir más que a otra u otras actividades, por muy afines que sean con su labor creadora.

¿Dónde naciste? ¿Hay algo del lugar donde naciste que lleves marcado en tu personalidad?

Nací en Caracas. Durante la mayor parte de mi vida creí que lo había hecho en la parroquia Candelaria, aunque fui registrado y viví hasta los 17 años en Catia, parroquia Sucre, entre las esquinas de Nacimiento y Gato Negro. Hace unos años, observando un mapa de la ciudad, descubrí que mi llegada al mundo se produjo en la parroquia San Agustín, dado que ocurrió en la clínica Simón Rodríguez, desaparecida desde los años Sesenta del siglo Veinte. La misma fue derruida y tiempo más tarde, en el lugar, se construyó el hotel Caracas Hilton, hoy hotel Alba Caracas.

He tenido una relación curiosa con este emplazamiento: las veces en que, aún viviendo en Caracas, visité o pasé por el Hilton tuve la extraña sensación de sentirme en casa. No supe sino ya cerca de los cuarenta años que tal sensación se debía a lo que supongo es un magnetismo natal que se percibe en el lugar y en las inmediaciones de donde, como si procediésemos del espacio extraterrestre, hemos arribado al planeta Tierra.

Hasta donde sé, la única influencia de mi lugar de nacimiento en mí ha sido la afición por el equipo de béisbol Leones del Caracas, nativos, como yo, de la parroquia San Agustín. Pero he aquí otra rareza personal: de la parroquia Sucre, donde me crie, son los Navegantes del Magallanes, los rivales del Caracas. Como Harry Potter, entré al mundo en Gryffindor, pero pude hacerlo también en Slytherin.

Por mi familia, muchas personas me creen del estado Lara. Dicen que en éste hay más Sequeras que gente. Fui envasado allí, es cierto, pero mis primeros, segundos y terceros aires los respiré en Caracas. Esta presunción ocasionó una anécdota en los años Setenta, cuando la editorial Fundarte elaboraba antologías regionales de los narradores venezolanos.

Casualmente, fui como periodista a hacer una entrevista a la institución y me enteré que en ese momento se debatía a cuál de las antologías incorporarme: si a la del entonces Distrito Federal o a la que incluía a los estados Yaracuy, Lara y no recuerdo si Trujillo o Falcón. Desde la puerta de la sala donde se realizaba la discusión escuché dos propuestas contradictorias:

–Ya que vamos a publicarle dos cuentos, ¿qué tal si sacamos uno en la antología de Caracas y otra en la del estado Lara? –sugirió alguien que, me enteré en ese momento, me apreciaba.

–¿Y por qué mejor no nos hacemos los locos y no lo incluimos en ninguna? –planteó alguien que al rato me enteré me odiaba gratuitamente.

Al advertir mi presencia, me preguntaron dónde, en efecto, había nacido y dije que en Caracas. Pero como, pese a mi testimonio, una amiga que trabajaba en Fundarte aún dudaba de mi natalopuerto, propuse que me incorporaran a la antología de narradores de Miranda, Aragua y Carabobo, y me consideraran nativo de Valencia, por hallarse a mitad de camino entre Barquisimeto y Caracas. Esto, por cierto, tuvo algo de profecía: desde hace trece años resido en la capital carabobeña, lo cual ha generado que algunas personas no solo desinformadas, sino con suficiente pereza como para no informarse, asuman que nací aquí, desde donde escribo.

En cuanto a las antologías de Fundarte, al final me encuadraron en la de narradores del Distrito Federal.

¿En qué país del mundo te gustaría vivir y por qué?

Tras unos cuantos viajes, he llegado a la conclusión de que el país en que deseo y me gusta vivir es éste, el mío. Me he sentido muy bien en diversas ciudades fuera de Venezuela, como Salamanca, en España, y la zona de Miraflores, en Lima. También me he sentido muy bien en París. Pero tras varias semanas de residencia en las tres, he añorado tanto a mi país natal que he regresado como quien viene de una temporada en el Infierno. Exagero, es cierto, pero hay mucho de verdad en lo anterior.

¿Por qué me gusta mi país? En varias ocasiones me lo he preguntado y luego de descartar que por el clima, por la gente, por sensaciones especiales o por fidelidad, he concluido que por todo lo anterior y por que, además, es la única nación, en todo el mundo, donde no se me considera extranjero.

¿Qué estudiaste? ¿Cuál es tu verdadera vocación? ¿A qué te dedicas?

Soy comunicador social, egresado de la Universidad Central de Venezuela. Aparte, aprendí diversos oficios relacionados con la literatura, el libro, la lectura y los medios de comunicación audiovisuales. He sido jefe de publicaciones y profesor de literatura en la Universidad Simón Bolívar; director de las editoriales Equinoccio y Alfadil; corrector de pruebas y de estilo; detective bibliográfico en una fundación de la Biblioteca Nacional; coordinador de talleres de creación literaria y creatividad; promotor de lectura; lector de varias editoriales públicas y privadas; articulista de más de doce periódicos y colaborador de decenas de revistas; fotógrafo; guionista y director de programas de radio; guionista de televisión y locutor.

Sin embargo, mi vocación es ser escritor. Prueba de ello es que, hasta el momento (2019) he publicado más de ochenta libros en diversos géneros y categorías: de cuento, novela, nouvelle, minificciones, poemas en prosa, crónicas, aforismos, ensayo, divulgación científica, divulgación histórica, obras para niños y para jóvenes, y más de dos mil textos periodísticos, entre artículos, crónicas, reportajes y noticias.

Desde 1988 me dedico exclusivamente a escribir y desde 2003 subsisto gracias a mis derechos de autor. No gano millones pero me da para vivir en paz, algo que aquí y en cualquier lugar del mundo es suficiente, a menos que uno pretenda ser un figurante de la revista ¡Hola!

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