[Reseña]: “Ulises D’Marco. Vencedor exhausto” de Kelvin Brito

El entorno es engañoso. El fondo de la escena está surcado de grúas y edificios en construcción: La ciudad es una urbe en expansión. La verdad es que dejó de serlo hace más de 20 años, acaso lo que en realidad se ve es un vestigio nostálgico de lo que jamás pudo ser.

La valla con los autobuses sí nos ponen en contexto. Una señora de cara austera nos explica cómo rendir al máximo el kilo de harina PAN haciendo arepas invisibles, o la forma en la que se desliza en el sempiterno fragor imposible del Metro. Dos taxistas, justo detrás de ella, se cuentan y cantan las infidelidades de sus matrimonios sin sentido, al tiempo que hablan de las inclemencias de la crisis y de las licorerías donde se hacen menos colas para comprar.

Una silueta disfrazada de hombre nos hace recordar por un momento la sensación de atender una llamada (in)deseable un viernes en la que todo estaba escrito.

Vamos con el individuo de la foto. Sí…Ya puedes dejar de impacientarte.

Como buena persona joven entrada en años, el sujeto que domina la foto se jacta, como unos cuantos que tenemos esa dicha, de tener barriga en tiempos de revolución. Su apariencia pareciera engañarnos con el descuido apremiante, acaso premeditado, de agarrar la ropa con menos uso de la semana. Quienes lo conocemos sabemos que ésta condición, una fachada de descuido para ocultar su aversión a la ropa formal o ceñida al cuerpo, es lo que lo define mejor. Es su marca.

Una mano que se adivina áspera, llena de manchas como los brazos que fingen ser robustos, sostiene media docena de ejemplares de toda una vida sin despedida.

La cara salpicada de arrugas nos habla del desencanto ingrato de la vida del escritor, con vivencias que dan para mil novelas. El espectador ignora que, exceptuando a Borges y a Benjamin Button, nadie nace viejo, aunque la idea de hacernoslo con afro abundante negro y bigote tupido en la tierra que a ésta hora debe ser de alguien en la UCV, se nos hace ajena, farsante.

La boca no tiene labios. Apenas se nota una línea rectamente sinuosa, más cerca de una sonrisa victoriosa forzada, resultado de una guerra absurda hasta hace poco ganada por la vida con sus embates, que del suspiro suplicante que clama un cese al fuego, una tregua amistosa en favor del desencanto. Es el único rasgo bien logrado, indescifrable.

Distinta es la mirada, entre compasiva y exhausta. No nos deja ver las dos pérdidas fatales que interrumpieron los recesos del amor que le permitió la vida. No. Esos ojos que por momentos nos engañan con su espejismo celeste eléctrico, parecen suplicar el descanso que saben que jamás tendrán, ni siquiera al final de una semana que ha sido, cuando menos, inclemente.

La foto del hombre que odia los formalismos, sugiere que en cualquier momento desplegará sus alas y elevándose a unos escasos palmos del suelo, se irá a la blanquecina cita impostergable con su Flaubert, su Proust, su Balzac y su Miller.

Ignora que no le hacen falta alas, pues ya tiene el cielo ganado. Pero todavía le falta mucho por hacer con Ulises, junto a nosotros.

Kelvin Brito

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