Fragmento de “Sin despedida” de Álvaro D’Marco

Una amiga pone a Ulises en contacto con un muchacho que traspasa un apartamento de cuatro habitaciones en la UD4 de Caricuao. Hay que pagar tres meses de traspaso y tres de depósito. Ifigenia tiene algo ahorrado, las tías y la mamá de Ulises completan lo que falta. Un tío les regala dos mesas de pantry con sillas. Colocan una en la cocina, otra en la habitación que será la biblioteca. Ulises arma con tablas y bloques una estantería para los libros. Otra tía les regala una nevera, cuando fueron a buscarla comenta con satisfacción, refiriéndose a Ifigenia, “esa muchacha lo arregló”. En estos años han vivido en San Agustín, San José y La Candelaria, lugares en los que han pasado diferentes extensiones de tiempo y que después de algún tropiezo económico, han tenido que volver a la habitación de Puente Hierro. Esta vez se dicen que no regresarán, como sea mantendrán este apartamento.
Pocos días después de mudarse Ulises va con Luís a tomarse una botella de ron tirados en la grama de Tierra de Nadie, a un lado de la Biblioteca Central. Desde donde está puede ver las estanterías de libros, la sala de lectura del piso superior tiene una gran terraza donde los estudiantes se asoman. Llega una pareja de amigos de Luís, se saludan y se instalan con ellos, ella es bailarina de danza contemporánea, él poeta, ambos visten de blanco y usan bufandas de colores. Los cuatro alternan tragos del ron y vodka. Ulises lee unos poemas que siente sublimes, siempre lleva en su bolso poemas manuscritos, son su carta de presentación. A las ocho de la noche se van en el autobús universitario hasta el centro. Ulises se va con la pareja en el mismo autobús, también viven en Caricuao, el poeta entrando a la urbanización. Cuando llega se despide de la novia con un beso. Han hecho el viaje de pie. La bailarina y Ulises siguen hablando en el trayecto, muy juntos por el espacio atiborrado de gente, en un frenazo ella se sostiene de él para no caerse. El conductor apaga las luces cuando arranca y las prende cuando se detiene en las paradas. En cada fragmento de oscuridad Ulises se pega y siente sus pezones duros, ella también lo presiona con su cuerpo. Se miran cuando la luz se enciende. Es muy flaca, de pelo corto, ensortijado. Se quita la bufanda roja que había intercambiado con el novio al despedirse, y se la pone en el cuello a Ulises. Al llegar a su parada no se baja, le propone acompañarla. “Qué caballero, no esperaba menos”, responde ella alargando las vocales. Después de un silencio en que se miran agrega: “la bufanda de mi novio te queda mejor a ti”. Antes de llegar al conjunto de edificios donde vive le dice:
—Bajémonos aquí, te quiero mostrar mi lugar secreto.
Caminan hasta la parte trasera del liceo de la zona. Empujan la reja medio abierta del cercado, entran a una placita. Arriba se ven los edificios. Se sientan a horcajadas en un banco de cemento mirándose frente a frente, bajo un inmenso samán. Ulises le pregunta si su novio la llamará a la casa, “no, el teléfono está dañado”, responde. De inmediato se besan. Ulises siente su saliva dulce. La toca cuanto puede. A ella le gusta el olor de su cabello. En la mañana se puso gelatina con olor a fresa de Ifigenia. Mete las manos entre el pantalón y pantaletas, ella gime, le dice que le gusta como la toca, él se lo saca, acostado boca arriba en el banco, mira el ramaje en la oscuridad que los cubre como un gran paraguas, la bailarina le sorbe el güevo succionándolo cálida y tiernamente. Luego se monta sobre él. Ulises chupa sus pezones, toca como esculpiendo sus costillas y vértebras. Le desabrocha el cinturón, le baja el pantalón y las pantaletas hasta la rodilla. Ulises aspira su sexo sin un pelo. La acaricia con su lengua, sabe a orín. Le quita el zapato, la pierna derecha del pantalón y la pantaleta. La levanta por las nalgas y se lo introduce con suavidad, teniéndola sobre él, tumbado sobre el duro cemento, luego se paran y lo hacen de pie recostados de la pared del liceo, allí permanecen varios minutos. Ella le musita “qué rico eres, me gusta esa pinga sabrosa”. Su voz lo electriza. Cuando va a acabar intenta sacarlo, ella lo impide abrazándolo con piernas y brazos. Ulises maneja su cuerpo con facilidad por su flacura. “Hazlo dentro” le dice entre suspiros, al tiempo que mete su lengua en el oído de Ulises. Minutos después se separan, ella se sube el pantalón, se arregla la camisa, agita el pelo. Ulises le pregunta si tiene por costumbre llevar amantes a ese lugar, ella con ternura le dice: “no he tenido amantes, no sé porque lo hice, eres el primer cacho que monto”. Le cuenta que son novios desde bachillerato, se irán a vivir juntos, de pronto llora un poco. Ulises le acaricia el pelo, la cara, la abraza, la besa delicadamente, le declara que le gusta mucho y que pueden entablar una relación sin dañar a nadie. Ulises le habla de Ifigenia. Salen del lugar secreto y la acompaña hasta la entrada del edificio. Quedan en verse al día siguiente. Ulises camina hasta su edificio envuelto en una niebla fría. Se siente arrebatador, tiene ganas de escribir un poema.
Ulises pasa dos horas en la panadería cercana a la universidad donde quedaron citados y no la ve salir. Sentado en una mesa le escribe una carta. Tiene su número telefónico pero el aparato está dañado, aun así, llama y nadie contesta. Se va en autobús a Caricuao, llega al edificio donde la dejó la noche anterior, no tiene idea en que piso ni apartamento vive. Mira de abajo a arriba inspeccionando ventana por ventana a ver si alguien parecido a ella se asoma. Pregunta a unas muchachas en la planta baja si conocen la bailarina, ella dijo que vivía en ese edificio desde que nació. Pregunta en la librería y en el abasto de la planta baja, nadie conoce una bailarina o danzarina con su descripción. Se va a Puente Hierro y busca a Luís. Lo encuentra en el remanso, le pregunta el número telefónico del novio, no lo tiene. Se marcha a casa de sus tías a dormir una siesta y ordenar sus ideas. Al llegar a la casa en la noche, Ifigenia le comenta que Luís pasó buscándolo, que había averiguado el teléfono del amigo poeta y le contó que Ulises quedó impresionado con la novia del tipo. Ulises le explica que todo es producto de la imaginación enfermiza de Luís. Es un traidor, se dice, qué necesidad tenía de venir a contarle eso a Ifi, a sembrar cizaña, a menoscabar la confianza de ella.
Un par de días después logra hablar con la danzarina, le repararon el teléfono. Ella le dice que es muy simpático y quiere conquistarlo. Acuerdan ir al cine y la va a buscar. En la taquilla deciden no entrar, se van a Los Caobos. Tirados en la grama conversan, se besan. De regreso vuelven al lugar secreto. Solo se acarician un rato porque hay otra pareja en el sitio. Luego la acompaña hasta el edificio. Tanto besuqueo y juego sexual le produce dolor testicular. Al llegar a la casa se encierra en el baño, se masturba pensando en la forma que lo mira, como le roza su lengua por la oreja, en su aliento embriagante, se desahoga.
Al día siguiente va a la Biblioteca Nacional en el Foro Libertador. En una gran sala lee largo rato, luego sale a llamar a la bailarina. Desde el “aló” el tono es distante y frío. Le dice que ha tomado la decisión de no verlo más, dice que todo ha sido un error, que está enamorada de su novio y no tiene la intención de cambiarlo por nadie. Ulises en un intento de asirla le dice que nada tiene que cambiar, la relación que iniciaron enriquecerá sus formas de amar a los otros. Ella no está para razones. Se altera, llora, pide que no la llame más, que le duele el alma y cuelga.
Apenas entra al apartamento Ifigenia le grita: “Eres una mierda”. Luís le contó que el poeta golpeó a su novia porque supo que Ulises salió con ella. Que anoche cuando la bailarina y Ulises se despidieron con un beso en la puerta del edificio, el poeta veía todo desde arriba. Cuando ella llegó a su casa el tipo le dio una paliza y tuvieron que llevarla a un hospital. Le fracturó la nariz, tiene los ojos morados y un hombro dislocado. Ulises argumenta que se encontraron por casualidad, es solo una buena amistad. Ifigenia continúa diciendo que la bailarina le contó todo a su novio, luego él se lo dijo a Luís. Grita con rabia, está fuera de control, intenta darle un golpe que no atina, grita a todo pulmón:
—¡Tienes días llamándola y seduciéndola, eres un falso, infiel, puto, maldito, destructor de parejas!
Ulises responde con un grito visceral, rabioso. Sale del apartamento. Se siente culpable de haber ocasionado ese inconveniente. La cólera de Ifigenia no es importante, eso se le pasa. Camina hasta el edificio de la bailarina. La llama de un teléfono público. Contesta. Le dice que no quiere verlo y que no la llame más. Ulises le dice que sabe lo de la golpiza:
—Soy parte del problema y estoy dispuesto a hablar con el poeta.
Ella cuelga.
Ifigenia no le habla en dos días. Ulises ha estado buscando a Luís y no lo ha podido encontrar, fue dos veces a la pensión. Piensa que se está escondiendo, quiere formarle un peo. Al tercer día Ifigenia se suaviza, sigue arrecha. Cada rato le dice: “Bastardo”. Él se ríe y piensa ese es mi verdadero apellido, soy Ulises Bastardo. Llama de nuevo a la bailarina, le insiste en verse para una despedida. Quedan en encontrarse al día siguiente, a las dos y media en Tierra de Nadie.
Ulises compra media botella de ron. Una hora antes está en el lugar ligando que no aparezca ningún conocido. Ve que del lado de la biblioteca se acerca el poeta. Se prepara psicológicamente para una pelea. Aparenta tranquilidad. Lo observa venir. Ulises lleva puesta la bufanda que ella le dio. Duda si quitársela rápidamente, la tiene amarrada al cuello cual corredor de San Fermín, el poeta viene directo a él. Viste camisa, pantalón y sombrero blanco, bufanda morada. Se acerca. Ulises detalla sus delineados bigotes negros. Lo saluda extendiendo su mano:
— ¡Qué casualidad! —dice el poeta como feliz de verlo.
Le pregunta por Luís. Ulises dice que tiene días sin verlo y le ofrece la bufanda roja, al tiempo que se la desamarra.
—No, a ti te queda mejor que a mí —dice sonriente, impidiendo con su mano que termine de desatar el nudo y dándole un toquecito en la mejilla.
Este tipo puede ser medio gay, piensa Ulises. Ambos se sientan en la grama. El poeta le pregunta si está escribiendo algo.
—Estoy escribiendo un par de cosas.
En realidad, elaboró un poema para la bailarina, lo tiene doblado en el bolsillo, se lo pensaba leer. El poeta comienza, siempre sonriendo, una crítica sarcástica de la poesía de Ulises. De los seis o siete poemas que leyó la noche aquella, le dice:
—No tienen nada trascendente, son frases hechas, maridajes de palabras bonitas, flechas disparadas sin blanco. Cosas que otros han dicho mejor, ¿para qué decirlas entonces?
Ulises no responde ni una palabra. Piensa esto es obra de Luís: seguro le dijo a este guevón que ahí es donde me duele. Se parecen a las frases que decía Alejandro el fin de año. Es su venganza por cortarse el pie. El poeta saca una carterita de ron y le ofrece un trago. Ulises lo rechaza. Dice unas cuantas cosas más, se levanta, Ulises también. Se dan las manos, se miran a los ojos, el poeta le da la espalda, camina tres pasos, se detiene, voltea levantando la voz:
—¡Ah mira! Hazme un favor, no la llames más.
Se marcha caminando con la misma suavidad con la que llegó. La entrevista duró diez minutos. Cuando el poeta dobló al estacionamiento y salió de su panorámica visual, Ulises sacó su media botella, toma un trago, ríe, primero suavemente, luego a medias, después a carcajadas. Sigue tomando traguitos cortos. Al rato parte a Caricuao.



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