El “Cubo” y el “Gris” de María Cristina Solaeche Galera

“Cuando tú eres, la muerte no es; cuando la muerte es, tú ya no eres”
Epicuro

“El día del nacimiento es el mismo de la muerte”
Basavanna

“Y todo enajenado podrá el cuerpo descansar quieto, muerto ya”
Pedro Salinas

“Cualquier hombre que llora tiene mis lágrimas”
Eugenio Montejo

Agosto, 1977. Tengo veintiocho años, soy una mujer hermosa, y en mi interior llevo la flama capaz de encender mi vida.
Mi amado compañero y yo, llegamos entusiasmados en un autobús grande, en un viaje largo, desde la capital de un país a una ciudad universitaria al sur, buscando trabajo como lo que somos, profesores universitarios. Nos alojamos en una posada sencilla y, después de acomodar los bolsos de viaje, guardamos muy bien en cada uno los pasaportes, sabíamos de la dramática situación dictatorial de ese país sureño. Preguntamos al de recepción si quedaba cerca de allí algún lugar donde comer y estirar las piernas. Nos dice, que a partir de las seis de la tarde está prohibido abrir cualquier negocio, pero a dos cuadras hay una plaza muy bonita. A ella nos dirigimos. Son las siete y cinco de la noche.
Estamos agotados del viaje, nos sentamos en un banco de barrocas formas forjadas en hierro, es una plaza acogedora pero muy fría, se inicia el mes de Agosto y es crudo el invierno en esa región.
No ha transcurrido media hora, cuando repentinamente, desde atrás del banco, vociferando las sirenas suben hasta el medio de la plaza frente a nosotros, dos autos de la policía militar. De cada uno salen los copilotos y entre los dos, nos colocan sobre la carrocería de una de las patrullas militares con las manos arriba y las piernas separadas a todo lo que dan, sin encontrarnos nada claro está. Suben a mi pareja a uno de los carros y a mí al otro.
Él, entra en la patrulla que está de primera, lentamente voltea la cabeza y me regala todo su amor en una mirada transparente, azul de mar en calma. El automóvil militar que lo lleva se desvía y toma otra ruta. Se me agrieta el miedo en el cuerpo. No imaginaba, que nunca lo volvería a ver. Aún, muchos años después, me desgarra este pensamiento.
En el interior del automóvil en que voy, está una mujer de mediana edad, de aspecto y ademanes vulgares. Total silencio. Avanzamos, se detiene con un brusco frenazo y el copiloto señala a un hombre delgado, con barba y melena negrísimas, que camina presuroso por la acera de la izquierda “Ése, detenlo”, así lo hacen, lo suben al auto en el que estamos, se llama Javier, le dijo al milico. El miedo se enquista.
La patrulla se detiene frente a una casa aparentemente vacía, igual que la fantasmal urbanización que la rodea, son casas-quintas con jardines bien cuidados, bien pintadas y sin señal de deterioro alguno, pero tampoco de vida.
Me introducen por un pasillo con mi compañera, a gritos y fuertes empujones: “al cubo a estas dos”. Y así, sin sentido alguno, me encuentro en una mínima guarida en forma de “cubo”. Al compañero Javier se lo llevan a rastras a otra celda al fondo del patio.
Áspero el roce con las cinco paredes del “cubo” y la repulsiva sexta pared, de barrotes gruesos de hierro y con una pequeñísima puerta. Cruel y lasciva la mirada del militar de guardia y, estridentes las risotadas que llegan del fondo. Miro las manchas asquerosas de las paredes y del piso: moho, sangre, heces, hollín, marcas.
Me digo, serénate por lo que más quieras. Tengo que tener el alma empeñada en dos partes, la mitad quedó atrás cuando atravesé esa reja, la otra mitad muy oculta con celo, entre los pliegues de mi corazón, sé que debo mantenerla con el desespero a raya.
Mi compañera del “cubo” es una mujer cercana a los cincuenta años, pobre, prostituta barata de barrio, totalmente ignorante, que ni se explica ni lo intenta, la causa de este encierro absurdo. Se limita a sonreír a todos y cada uno de los militares que hacen guardia en el minúsculo patio frente al “cubo”. Creo que tiene cierto retardo mental.
Han pasado dos semanas y no sé nada de nada, no sé la causa de este encierro, no entiendo. Todo comienza a aterrar, los militares, los curas que entran y salen con su sonrisas benevolentes, ¿qué harán allí estos seres anodinos?, las voces de los milicos, estrepitosas, gritonas, el día y la noche, la ausencia de los colores, aquí todo es gris, todo. No existe un sólo instante de dicha. La memoria es lo único que permite alumbrar con los cocuyos de los recuerdos, en ella debo refugiarme.
Mi compañera de celda no está, se la llevaron esta mañana, ni a preguntar me atrevería.
De repente, como una preciosa ráfaga, me llega al oído una voz infantil cantarina, es la mía, diciendo de memoria un poema que solía de pequeñita y muy entusiasmada, “declamarle” a mi madre, mientras ella quedaba extasiada frente a esa niñita de cinco años que le recitaba hasta con lagrimitas en sus ojos, “Los lagartos” de Federico García Lorca:
“El lagarto está llorando
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con sus delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados

¡Ay, su anillito de plomo
ay, su anillito plomado

Un cielo grande y sin gente
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo,
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son!
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran
¡ay! ¡ay! cómo están llorando.

Todo está detalladamente confabulado, los militares, los curas, el cruel tamaño del “cubo” con 1.40m. de arista y yo mido 1.70m. el escaso patio de asfalto, las armas “bien portadas”, las vociferantes órdenes, los obscenos gestos, la única y repugnante comida diaria, una polenta que adobaban en mi presencia con gargajos en el mejor de los casos o con semen de masturbaciones enfrente de uno… y un vaso de agua, no comía nada, pero al cabo de tres semanas, arcada tras arcada, nausea tras nausea, acabé tragando esa asquerosidad; mientras el agobiante color gris me nubla la vista, es que todo es gris alrededor, dentro y fuera de uno. Cada vez duermo menos, las noches se confunden con los días, desde el “cubo” no puedo ver el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni un trozo de cielo, la reja y el escaso tamaño de la celda, no permite ver ni la reseca copa del único árbol gris del patio gris.
En cuclillas, lanzo patadas a la pared en un esfuerzo de estirarme, el tamaño del “cubo” agarrota los huesos y los músculos, constriñe todo el organismo, no puedo acostarme salvo en una posición fetal extremadamente encogida y tengo las rodillas laceradas de acercarme a la reja para tratar de respirar mas; la rabia me filetea el corazón. Nada sucede, todo imperturbable a mi desespero. Así transcurre el mes.
A una de las celdas de atrás que nunca llegué a ver, se llevaron a Javier. Al final de este drama, supe que era carpintero y que aquella maldita noche, iba camino del hospital público donde su mujer estaba dando a luz a su primer hijo. Tampoco él entendía nada. La incertidumbre es parte de la agonía o tal vez, sea en sí misma la pena.
Caen las primeras gotas de la lluvia invernal que amenaza un torrente, el asfalto y la suciedad del “cubo” se disfrazan de fétida humedad y pretenden ahogar los quejidos. Una humareda gris se condensa a mi lado.
Se inicia otro mes, el frío encrespa la piel, el silencio espeso, denso, asqueroso y gris. Roto solamente por gritos de dolor, están torturando a Javier. Me advierten “la próxima semana verás el espectáculo”, me dicen con sorna crueldad. Mi boca parece un cuarto menguante de pálida luna en un firmamento sombrío, tengo el cuerpo color ceniza. Caigo en un retrospectivo vértigo de autoconmiseración. El corazón se invierte con la angustia.
Un espejo roto en mi pensamiento, me devuelve la imagen de una mujer despedazada; es imposible separar la ira de la violencia, la amenaza es tan cruel como la ejecución.
Llega ese día, me esfuerzo en olvidarlo sin embargo, está enquistado cada momento en que la mente intenta evadir ese recuerdo. Me saca del “cubo” el militar de turno, fanfarroneando, alargando desmesuradamente sus brazos como asquerosos tentáculos, gesticulando con su lengua de camaleón, cierra tras de mi la reja que cae pesadamente con un alarido chirriante de óxido. Un tiempo antes, he visto pasar esposado a Javier hacia el “salón”, así llaman al lugar de torturas; va con la mirada desencajada, le tiembla todo el cuerpo, él ya lo conoce y cada fibra de su ser es desesperación. Se ha roto el ciclo de la vida. ¿Dónde puede esconderse uno? El vacío está desnudo.
Me llevan, atravieso una habitación, la siguiente es el “salón”, espaciado, sin ventanas, toda la luz es artificial a través de potentes focos direccionados por ellos a voluntad sobre nosotros. Me desnudan. Nada queda atrás. No se puede gritar, ni emitir el mínimo sonido, la garganta lo sabe, lo sabe antes que yo, después le tocará el turno de desgarrarse en alaridos. Desconocidos códices para mí revolotean agitando sus correosas alas de terodáctilos.
De una pared pende una “picana”, es una varilla de metal de alrededor de cuarenta centímetros, delgada, del grosor del dedo meñique de un hombre, de un extremo de ella salen dos cables, uno con un enchufe, el otro conectado a un dispositivo de voltaje. Actualmente siguen existiendo en formatos más “elegantes” y con el nombre de “pistolas de defensa” que ya no hay que enchufarlas. Las paredes del “salón” están sembradas de grilletes, esposas, hay un par de “camas metálicas” y está recubierto todo a prueba de ruidos.
Me siento como si el tiempo transcurriera a cámara lenta; en el suelo maniatado y desnudo Javier se retuerce de dolor, una picana asoma por su recto, convulsiona y da alaridos ¿qué hizo ese buen hombre? ¿dónde están los dioses compasivos? Las religiones son todas, mitologías que se especializan en conjurar “falsa y armoniosamente” la vida y la muerte.
Me empujan hacia otro lado extremo del “salón”, puesta en aspas me atrapan manos y tobillos con grilletes y me dicen cínicamente “a vos te trataremos como corresponde a una dama”, y me vejan uno tras otro…duele todo, es desgarro, los pechos estrujados, los ojos y la mirada se desorbitan y se cierran violentamente, duele hasta la respiración…ellos se “esmeran” jadean y sudan a pesar del frío, gruñen, sus pieles son babosas. Esta sangre que se desliza por mis piernas, tan mía, jamás me la devolverá nadie, se enrosca con el repugnante semen. Me quedo quieta lo más que puedo, el mínimo movimiento de mi cuerpo los enardece aún más, las lágrimas se esconden aterrorizadas. La boa del desconsuelo me asfixia el cuerpo y el alma. Es una cloaca de poder, crueldad, ambición y miserias. No creo que el futuro esté predeterminado, ni el tan estúpidamente pretendido “libre albedrío” haya sido concedido a nadie, por tanto, cielo e infierno no tienen razón de ser.
Me regresan al “cubo”, nada preguntan. Estoy extenuada, sangrante, ya no sé pensar. Lo mismo sucede durante tres “sesiones” durante tres semanas consecutivas. Imploré que me mataran, inútil, pedí al universo que me fragmentara, imposible creer en nada sobrenatural. La oscuridad me envuelve y se cierra como un puño grisáceo.
En la que sería la cuarta “sesión”, al entrar aterrorizada al “salón”, vi a Javier en la cama metálica, era un desecho, ¿qué quedaba de él? Los ojos desorbitados, el cuerpo desgarrado por los impulsos eléctricos de la picana, agarrotadas las extremidades.
Se abre la puerta y entra un cura, trae una estola morada colgada del brazo derecho y una pequeña caja dorada hermosa entre las “beatíficas” manos. Con sonrisa benevolente hace una señal a los militares que torturan a Javier. Ellos dejan de hacerlo, el cura besa ridiculamente la estola morada y se la cuelga al cuello; toma la hermosa cajita dorada de manos de un militar que se la ha sostenido, y con parsimonia religiosa se acerca a la frente de Javier, le unta un menjurje de aceites mientras entre dientes murmura letanías, le está dando la extremaución, que asco moral sentí, se me estremece el alma. Cuando acaba de hacerlo, hace un risueño y “místico” gesto a los militares, asintiendo que su “labor” ha terminado. Ellos sacan la picana del recto de Javier y la meten en su boca, el arco voltaico de lo que queda de su cuerpo es estremecedor. Ha muerto Javier. Los militares y el cura impasibles. No sé describir las sensaciones de ese momento. No puedo.
Ese mismo día, al atardecer, totalmente desmoronada, desesperanzada, asqueada, me regresan al “cubo”, Estoy agobiada al extremo, estoy tan sola, de mi compañero no sé nada, la mujer que apresaron esa noche amarga no está, desde la segunda semana de encierro no la volví a ver. Javier murió entre insoportables dolores. Tristísima hasta el tuétano, en el retazo de mundo que me rodea, todo es gris. Cierro fuertemente los ojos, la mirada oscurece, no quiero distinguir nada. Se me está desintegrando el alma, no acierto a reconstruirla, tanto terror al dolor y no parece existir ningún “dios misericordioso”. El alarido del silencio de la noche restaña su eco contra las paredes del “cubo”.
Transcurre una semana, nada sucede, me estragan la soledad, el dolor, el encierro, la impotencia, el asco.
A la semana siguiente, una mañana gris como todas, se me ordena salir del “cubo”, me conducen ante un militar “superior”. Él, tiene en sus manos mi pasaporte, color vino tinto con el escudo en dorado de mi patria Venezuela, cuánto amor siento por ese documento, ¿cómo lo consiguieron? quedó allá en la posada casi tres meses atrás. Me lo entrega, no acierto si a tomarlo o no. Lo cojo temerosa sin levantar la vista; aún lo conservo.
Me señalan una puerta “¡salga!” me gritan, conduce al pasillo que tiempo atrás recorrí para entrar en el “cubo”. Espero anhelante el tiro de gracia en la nuca, avanzo despacio. Paso tras paso para que acierten bien y nada sucede, ningún disparo, sólo pasos de botas detrás de mí. Llego al umbral de la casa, da al exterior de un jardincillo que ya había visto anteriormente y salgo temblando, a la urbanización de clase media totalmente solitaria y en silencio. Camino hacia la izquierda, camino y camino…
Quedaron sin respuesta tantas preguntas que mi desbocado pensar sigue haciéndose: ¿dónde está mi compañero de vida? ¿de qué se nos acusó? ¿por qué nos torturaron? ¿qué sentido había en todo esto? ¿por qué el cura y sus falsos ritos? ¿y la cruel muerte del inocente Javier? ¿la desaparición de mi compañera de celda? ¿por qué me dejaron libre? preguntas que quedaron atrapadas en el aire gris.
Aún, faltan tres años para finalizar la llamada “Operación Cóndor”.
Hoy, a tientas, al anochecer, en un escape al desconsuelo, suelo cerrar los ojos y retener la mirada de mar en calma de mi hombre amado, está tatuada en mi alma.
De aquella nefasta noche donde cuatro seres inocentes confluyeron en un amargo destino, quedo sólo yo y los dolorosos recuerdos que cubren mi sombra de cenizas grises.
Nunca volveré a ser la misma, aquella mujer que llevaba la flama capaz de encender su vida. Vivo detrás de mí.

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