Armando José Sequera (II): “He aprendido a sonreír y hacer sonreír incluso en los momentos más difíciles”

Sin duda el autor más prolijo de nuestra literatura no puede dejar de sorprendernos, Sultana del Lago Editores, reedita su libro “Hallazgos. Reflexiones nocturnas para crecer en el día” que recoge parte de sus aforismos más conocidos.

Conocer a Armando José Sequera, es estar en presencia de uno de nuestros más notables escritores, un verdadero maratonista de la escritura, que ha publicado más de ochenta títulos diferentes y ganado una veintena de premios literarios. Recientemente Sultana del Lago editores ha puesto a la venta en Amazon la reedición de su libro “Hallazgos. Reflexiones nocturnas para crecer en el día” que recoge hermosos y reveladores aforismos, donde podemos encontrar sabiduría y humor entremezclados hasta la genialidad.

Para contribuir a sus lectores conozcan mejor a nuestro autor, hemos decidido compartir con ustedes otras de las respuestas que diera Armando José Sequera a nuestro cuestionario:

¿Qué época de la historia de la humanidad admiras más? ¿Por qué?

Me considero un buen lector de textos históricos y por ello no siento favoritismo por ningún período de nuestro transcurrir como especie. En todas ha habido cosas horribles y pésimas, cosas malas, regulares, buenas y excelentes. La percepción siempre ha tenido en cuenta la condición social de las personas. Por otra parte, mientras un lugar prosperaba, otro se hundía, así que generalizar en cuanto a épocas carece de sentido.

En cuanto a mí y lo digo en serio, he estado en este mundo otras veces. La reencarnación es una realidad, aunque Occidente tilde locos a quienes sabemos de su existencia verdadera, y puedo afirmar que mis dos vidas previas a la actual, fui curandero en Benarés, India; y librero especializado en títulos difíciles de conseguir, en Viena, Austria.

Varias personas pueden atestiguar que, mucho antes de Google Maps o Google Street View, les he indicado que vayan a determinadas direcciones en ambas ciudades –ojo, ninguna de las cuales he visitado en la presente encarnación–, y no solo han estado en ellas sino que las han encontrado parecidas a como se las he descrito. Por supuesto, no estaban iguales cuando fueron, dados los cambios urbanos que constantemente se producen. Así que puedo dar fe o testimonio de cómo ha sido la vida en otros tiempos y espacios.

Estoy consciente de que el apunte anterior hará que muchos abandonen la lectura de esta entrevista y que unas cuantas personas me considerarán de atar, en tanto me auguran una jaula como futuro hábitat.

Durante esta vida se me ha tildado de orate decenas de veces, así que unas más no me agregan ni quitan nada. Estoy consciente de lo que he vivido, de los estudios esotéricos que he hecho y han hecho otros sobre mí, y no me importa lo que se piense o se diga al respecto.

Creo que toda época tiene su lado positivo y, por supuesto, la otra cara de la moneda o de la Luna. No me parece que los tiempos pasados sean mejores, como aseguran quienes profesan el conservadurismo, pero tampoco estimo que el futuro, por obligación, tenga que ser mejor.

No hay ni ha habido un tiempo ni una cultura unánimemente feliz o infeliz. En todas ha habido, de manera simultánea, quienes sonríen y quienes lloran, pero solo excepcionalmente tales roles son permanentes. Lo habitual es que al día siguiente o en algún momento posterior los papeles cambien. La existencia ha sido comparada muchas veces con una rueda y en verdad éste es el símil más adecuado: nuestra vida transcurre durante lapsos breves arriba; otros similares abajo y la mayor parte en el medio, tanto de un lado como del otro.

Debemos aprovechar y disfrutar lo bueno, mientras dura, y tolerar el lapso negativo hasta que se consuma. Ambos, queramos que no, son pasajeros.

Lo mismo ocurre con los días: en el peor de ellos para nosotros nos suceden algunas cosas buenas y en el mejor, algunas negativas. Vivir se trata de saber apreciar ambos estados. La gente que se la pasa quejándose de todo, hasta de lo bueno o positivo, se pierde lo fantásticamente maravilloso que es existir.

Creer que nuestros dramas y tragedias se deben a un gobierno en particular, a Dios o a la mala suerte es señal de inmadurez. Son nuestras decisiones –tanto las favorables como las desfavorables–, las que conforman nuestro devenir. ¿Qué hay influencias externas? Eso es innegable, pero tales influencias no son determinantes sin nuestras decisiones personales.

Lo de buenos y malos gobiernos es relativo y no solo por la posición que cada quien adopte ante ellos. Hay hechos objetivos que permiten determinar la calidad de un gobierno, pero lo que priva en cada quien es su percepción individual. La propaganda política, exacerbada por los medios de comunicación masiva y, recientemente, por las redes sociales, inciden en dicha percepción individual. El bombardeo de mensajes negativos puede hacer que un hecho negativo luzca como algo muy bueno y viceversa. La repetición de mensajes, como se descubrió en la Alemania nazi, desde varias fuentes supuestamente independientes, logra convertir en verdades las mentiras más extravagantes.

De hecho, la propaganda política tiene la facultad de enceguecer a las personas, al punto de que alguien es testigo de un suceso y, en vez de decir lo que presenció, lo más seguro es que relate lo que quienes promueven los mensajes propagandísticos de su gusto quieren que diga. Sobre esto hay numerosos estudios muy serios y preocupantes.

Hay un ejemplo que, estoy seguro, molestará a muchos: conozco personas que hablan de democracia, pero no conciben que otros piensen distinto a ellos. Lo terrible de esto es que quienes se comportan así son incapaces de percibir la contradicción.

En lo personal, tras vivir sesenta y seis años y leer cientos de libros de historia, creo que el mejor tiempo y lugar, para mí, ha sido –pese a las carencias y dificultades–, la Venezuela en la que he residido ahora.

Por supuesto, habrá quienes también abandonen la lectura de esta entrevista considerándome enchufado del gobierno o cualquier otra denominación igualmente estúpida, pero en ningún momento de mi vida he renunciado a mi libertad creadora para ponerla al servicio de un grupo –político, cultural, económico o deportivo–, una empresa o un club. Mis errores han sido míos y de más nadie. Mis aciertos, en cambio, han sido míos y de quienes me han ayudado a ser quien soy.

He aprendido a sonreír y hacer sonreír incluso en los momentos más difíciles porque, puesto a elegir entre pasar la vida amargado o risueño, prefiero esto último para no cultivar un cáncer.

¿Qué figura histórica repudias?

Winston Churchill es una: pudo impedir que en la Segunda Guerra Mundial hubiera más de ciento sesenta millones de muertos y cinco o seis veces esa cantidad de heridos físicos y psicológicos, pero no lo hizo. Convenció a Franklin Delano Roosevelt de no intervenir en el conflicto, cuando éste se iniciaba, ni participar él e Inglaterra, para que presuntamente la Unión Soviética y Alemania se destruyesen entre ellas. El resultado fue que, cuando Estados Unidos y la Gran Bretaña entraron al combate, las cosas estaban fuera de control y la humanidad, en términos boxísticos, se hallaba en muy malas condiciones.

Como él, antes y después, muchos líderes y gobernantes, han antepuesto sus odios e intereses personales a los intereses de sus países o del mundo, sin importarles las personas ni la naturaleza.

Por supuesto, en el apretadísimo resumen que he hecho apenas he esbozado algunos aspectos de la actuación de Churchill, pero me parece que se entiende lo que digo.

Hay decenas de miles de otros personajes históricos e histéricos detestables, pero solo enumerarlos ocuparía un espacio colosal en esta entrevista.

¿Cuál es tu película y actor cinematográfico favorito?

No tengo una película favorita sino varias: Blade Runner, El festín de Babette, Kagemusha, Doce hombres en pugna, La reina de África, La pasión de Juana de Arco, El acorazado Potemkin.

En cuanto al actor, no tengo preferencia por ninguno. He admirado mucho a Tatsuya Nakadai, Robert De Niro, John Hurt y, por supuesto, a Marcelo Mastroianni y Humphrey Bogart, entre otros. Disfruto mucho la capacidad de mimetismo y adaptación de numerosas actrices y actores, tanto de las décadas anteriores como de las que corren.

Por cierto, me extraña que la pregunta no incluya actrices, porque entre éstas hay unas cuantas que me parecen tanto o más trascendentes que los actores: Bette Davis, Katharine Hepburn y Meryl Streep. Hoy día, me encantan Scarlet Johansson y Jennifer Lawrence. Aparte de bellas, ambas son notabilísimas actrices. Fuera de Hollywood, son inolvidables Sofía Loren, Catherine Deneuve y Mónica Bellucci.

Para mí, un gran actor o gran actriz es alguien que en ningún momento traiciona su actuación, es decir, que no muestra contradicciones entre su rostro y su cuerpo; mejor dicho, entre su rostro y los hombros. Hay estupendos actores y actrices que reflejan muy bien a los personajes en sus caras y otros y otras que manifiestan muy bien, con sus hombros, lo que actúan. Pero quienes involucran ambos elementos anatómicos a la vez, son muy pocos y pocas.

¿Quién es tu músico preferido? ¿Cuál canción podría ser la banda sonora de tu vida?

Igual que con los libros y las películas, mis canciones y compositores preferidos han cambiado a lo largo de mi vida. He sido fan de Los Beatles, pero también de Mozart y Vivaldi, y he amado múltiples géneros musicales y de canción. De hecho, amo la música de todo el mundo, incluyendo la folklórica y popular de los cinco continentes habitados, y múltiples ritmos.

Trabajo escuchando rock en inglés de los años 50, 60 y 70 del siglo XX. Cuando se me dificulta la redacción de un texto, oigo música barroca. Cuando corrijo, prefiero el jazz: desde Miles Davis hasta Glenn Miller. A veces me refugió en la música country estadounidense o en la instrumental folklórica de cualquier país del mundo.

No utilizo música en español para trabajar porque tiendo a cantarla y pierdo la concentración. Amo los boleros, las baladas, las rancheras, los tangos, las canciones populares venezolanas y de otros países de nuestro continente. Me gusta la buena salsa y el merengue y la bachata dominicanos, aunque no sé bailar ningún ritmo. Esto es curioso porque, según un examen que me practicó en mi infancia el maestro Inocente Carreño, tengo oído absoluto. Pero mis músculos, por lo visto, son sordos. Bailando parezco espantapájaros borracho, sometido a una corriente eléctrica.

En resumen, amo cualquier tipo de música y la disfruto sobremanera. La única excepción en este campo es ese ruido tramposo e insultante –especialmente humillante para la mujer–, al que llaman reggaeton.

Lo considero un producto excrementicio de la industria disquera. Su popularidad se debe a un gusto inducido por la repetición, tal como hace años ocurrió en el mundo de la moda con los jeans desechados por la industria textil –esto es, mal cosidos, con agujeros y otros desperfectos–, que fueron convertidos en moda.

El reggaeton se ha presentado como algo rebelde, algo al margen de lo autoritario, y lo han impuesto en el gusto de los y las jóvenes. Prueba de esta imposición es que, pese a las letras abiertamente misógenas, muchas chicas las tararean y cantan como si ellas no pertenecieran al género femenino.

¿Qué opinas del suicidio?

Es una forma necia y egoísta de solucionar uno o varios problemas. Necia porque, en el fondo, es inútil. Egoísta porque deja el o los problemas a quienes sobreviven al suicida.

Por otra parte, si participaste de una competencia en la cual venciste a 45.000.000 de otros competidores, ¿por qué desechar el premio? Todos los que estamos en la vida hemos ganado esa competencia, cuando somos solamente espermatozoides desesperados por fecundar un óvulo. El suicidio consiste en recibir un regalo y, en vez de apreciarlo, disfrutarlo, tirarlo a un abismo.

La vida es hermosa si sabemos apreciarla. Espantosa si no la valoramos.

Mucha gente sostiene que vivimos en un infierno y no nada más en este momento histórico (2019), sino siempre. Tengo más de seis décadas escuchando decir esto. Mi experiencia y las lecturas me han enseñado que jamás fuimos exiliados del Paraíso. Lo que ocurrió fue que, paulatinamente, nos dedicamos a transformar el edén en infierno. Esto es válido tanto en lo colectivo como en lo individual.

¿Qué cambiarías de tu personalidad?

Creo que nada. Aprendí a convivir con los defectos que no he podido superar.

¿Le temes a la muerte?

No. A quienes sí temo y no imaginas cuánto es a los médicos. Sé que cuando uno cae en sus manos, es peor que recibir una acusación inquisitiva. Si sales vivo, lo haces es unas condiciones tan deplorables que apenas te quedan fuerzas para subsistir poquito tiempo más. En mi vida he estado dos veces muy enfermo y en ambas fue por la prescripción de medicamentos erróneos. El sarampión de mis cinco años me mantuvo en coma veintidós días, a raíz de una medicina recetada que me cayó muy mal.

Una gripe se me trasformó en bronquitis a milímetros de pulmonía y en dos ocasiones alcancé temperaturas corporales superiores a los 41 grados. ¿La causa? Un medicamento mal prescrito.

Mi visión tiene más de una década entorpecida por moscas oculares. ¿Su origen? Un antibiótico recetado por un odontólogo, tras la extracción de una muela.

No temo a la muerte porque sé que regresamos y podremos disfrutar de nuevo la existencia. La vida está repleta de belleza y ésta se encuentra en todas partes. Lo que pasa es que, como en el cuento de Poe, “La carta robada”, dicha belleza está tan a la vista que muy pocos la vemos.

Si tu vida tuviera propósito ¿cuál crees que sería?

En mi caso ser testigo directo o indirecto de mi época, de la humanidad a la que pertenezco. Por eso, la vida me llevó a ser escritor y no beisbolista o corredor de fondo, como creí que sería en mi infancia y adolescencia.

LEE LA PRIMERA PARTE DE ESTE ENTREVISTA

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