“Mi abuelo Jesús León” de Ramón Eduardo León Govez

“En la mañana de hoy, primer Domingo del mes de Septiembre, recibí un mensaje vía wsp de Rómulo Gutiérrez; el cual un instante antes de leerlo, fue interrumpido por una llamada telefónica que el mismo Rómulo me hacía.  Desestimé leer tal mensaje para atender el agudo rinrineo que exclamaba mi teléfono móvil, era él, mi inquieto y emocionado amigo que con un rosario de buenas ideas me motivaba a que escribiera un libro referente a mi abuelo paterno Jesús León.

No pude contener mi risa, fue inevitable detener ese impulso hilarante que me provocó la insospechada propuesta que me hacía mi amigo.  Más sin embargo en ese instante desbordaron en mi mente un tropel de cosas y ninguna coherente, ¿Cómo haré para tal propósito?  Mi lapsus mental fue un total caos de imaginaciones, en mis manos no tengo nada que me ayude a organizar algunas ideas que puedan servirme de combustible o ignición para la atrevida propuesta.  Después que volví en sí, Rómulo increíblemente tenía armada una posible trama, era obvio que él ya había orquestado un posible argumento durante su tiempo libre y que luego usó para vaciarlo sorpresivamente cuando llegó a mi casa, y vaya que me sorprendió.

En primer lugar debo confesar que a mi difunto abuelo yo no lo conocí, salvo de haberlo visto en una que otra fotografía, no tengo mayores referencias de Jesús León, ni siquiera por parte de mi padre Eduardo León pues jamás me hablaba de él, cosa diferente con mi abuela Adriana; esposa del abuelo Jesús, que fue a quien ocasionalmente le escuché hablar de su esposo mientras lo señalaba en un gran retrato en sepia y soberanamente adornado dentro de aquel ostentoso porta retrato que colgaba en una de las paredes de las casas que estuviésemos habitando.

Aparte de esta confesión, la idea y emotiva incitación que me proponía Rómulo, terminó gustándome a la 5ta potencia.  Él casi siempre termina haciéndome germinar y fertilizar sus buenas ideas, porque a medida que intensificaba sus argumentos, yo visualizaba una interesante trama con motivos para poderla enmarcar dentro de una historia ficticia y alucinante, con elementos que desarrollaran algo de realidad con algo de inventiva.

Mientras Rómulo me explicaba sus fantásticas ideas, lo interrumpí para decirle lo siguiente;… Ya que tenéis tan buenos argumentos, ¿Por qué no lo escribís vos?  Me parece buena idea.  Enseguida ripostó diciendo;… No, yo no soy escritor, además lo que te estoy diciendo se acerca mucho a tu estilo.

Rómulo alimenta mi ego como si fuese un potente catabólico al sostener la creencia de que yo soy un consumado escritor, cuestión que le agradezco mucho, pero bien claro lo tengo que en verdad aun soy un mero aprendiz y tal vez un dedicado hombre que solo se empeña en escribir un buen libro de historias y crónicas locales, pero que hasta el día de hoy siento que no lo he logrado, aunque Rómulo piense lo contrario.

La idea de mi ilustre amigo estuvo revoloteando en mi cabeza porque me pareció fascinante. Ya para este momento todo había dejado de ser risitas, mis ideas estaban claras, ordenadas y al día siguiente, luego de experimentar uno de los largos racionamientos del fluido eléctrico a que somos ingratamente sometidos, me senté con las penurias que me provocan esos apagones y empecé a escribir a puño y letra algunos recuerdos que aun están anclados en mi mente y que compartiré otra vez con ustedes, mis respetados lectores. Una masa que afortunadamente he visto crecer poco a poco a lo largo de mis autorías.

Y en segundo lugar, otra confesión que debo hacer es la de mi deplorable estado anímico, en verdad no me da pena admitir que la situación de caos que experimenta Venezuela y que en Machiques no hemos escapado de tal vorágine, me tiene con el ánimo por el subsuelo.  A eso se le suma la penosa marcha de mi hijo menor Tomás Ernesto a tierras ajenas, sumándose así uno más de tantos millares de compatriotas que se marchan a otros países en procura de obtener lo que en su propio suelo se les hace esquivo e imposible.

Sin duda y sin pena expongo la lastimada condición que me había apartado de la lectura y de la escritura porque cualquier historia que me hubiese atrevido a escribir, estoy seguro que solo hubiese escrito relatos apocalípticos y negativamente desbastadores, porque eso es lo único que inspiran las nefastas políticas de los sátrapas de turno.  Frustraciones, incompetencias y un frio temor a la inseguridad personal y jurídica es la hostia cotidiana con la cual se comulga, sin importar tener respaldo económico o no.  Esos temores me habían apartado de mi inclinación a la escritura, pero ahora Rómulo a llegado tan oportuno y acertado como siempre, con su agudo olfato para las cosas de provecho, él con su entusiasmo me abrió un nuevo portal que me evita lo trágico de este lúgubre momento en la vida de los venezolanos para enfocarme en la imaginaria vida de un perijanero que tal vez contribuyó al acervo de nuestras costumbres y donde yo con la modestia que caracterizan mis relatos, estaré presto a narrar para la satisfacción de mi hermano Rómulo y el gusto de mis coterráneos y amigos.”

Ramón Eduardo León Govea